El Homicidio Ritual en Pleno No-Retorno (La Pintura y Fotografía de Elba Martínez Por Diego Medrano), 2012

EL HOMICIDIO RITUAL EN PLENO NO-RETORNO

Nace Elba Martínez de un sueño aparentemente abstracto en su pintura y, sucintamente, tan realista como cruel, en sus explosivos trabajos fotográficos. La mordedura es la misma: hacia dentro, en el primero, hacia fuera en los segundos. La clave vuelve a estar donde ha estado siempre: si el artista es o no cronista de su tiempo y de sus lepras; si al historizarnos, o culturizarnos, olvidamos el presente fáctico; si acaso, el “buen salvaje”, no se salva ya por sí mismo, por todo ese mundo “naif” (inocente) que aglutina. Se lo preguntaba Jacques Atalli en “Bruits”: “La música es la forma organizada del ruido y tiene su origen en un homicidio ritual”. Elba Martínez (homicida y víctima en su canibalismo vampírico) vuelve a la carretera para reconcibir el rock/punk: el mero cruce entre el blues (música laboral/espiritual) y el country (música de corazones rotos). La muerte es una cuestión de detalle –tipifica Fritz Lang-; la representación de lo inmóvil: los “chupetones” de Elba son autopsias, , funcionan a la perfección dentro de ese silencio sonoro que es el tiempo sin críticas, que es el pasado traído al presente sin recriminación alguna. Vuelvo a lo “naíf”: no hay tiro en la nuca o navajazo, sino mero recuerdo sin asperezas.

La melancolía habría sido el motor del alma romántica: para el antiromántico, el presente se abre a una “mística del aburrimiento”. El tedio adquiere un cariz masoquista –decía Erik Satie- y los “chupetones” de Elba pueden tener ese ramalazo: huellas tantas veces repetidas en tantas noches idénticas y con el mismo cuerpo como envase o recipiente. Es la confusión clásica sobre el sentido del lugar: el cuerpo puede ser un lugar. Elba Martínez –como quería Pollock- se niega a solucionar: en cuanto se resuelve el cómo, lo demás ya no interesa. Sentenciaba Picabia: “Cuando termino de fumar, no estoy interesado en las colillas”; “Para salvar tu vida es necesario sacrificar tu reputación”. El cuerpo sacrificado de Elba, sí, hace al mismo tiempo de colilla y de ente ajeno a consideraciones morales (reputaciones). El canibalismo iconográfico funciona siempre a partir de las islas. Dice Alberto García Álix: “La islas son lugares ligados al inconsciente. Los que permanecen tiempo en ellas están a salvo de los embates de la mente. No hay normas fijas, uno se mueve por instinto. El aislamiento provoca encuentros”. Al final de toda la obra de Elba Martínez en esta serie está justo eso: el encuentro y su señal; la noche como escenario para dos. Vivir es sobrevivir y degradarse en la supervivencia. No la mera apariencia estética, sino su significado. Francois Pluchart (autor del “Manifiesto del arte corporal” en 1974) lo dijo muy claro: “En los orígenes del arte están los cuerpos, no las cosas”. A partir del cuerpo deviene el placer, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, la felicidad, etcétera. No hay exhibicionismo en Elba Martínez, sino ocultamiento; no identidad, sino diferencia. Así como Beuys hablaba del artista como chamán, cuya misión sería “curar la sociedad”, al producirse la transformación de la energía en sanación, el cuerpo de Elba Martínez sigue esa senda: no intenta decir, sino que dice. Las dos claves de Joyce Mansour en su libro “Grito, desgarraduras y rapaces”: deseo del deseo sin fin; consumación sin pensamiento. Elba Martínez apunta a una jugosa diana: la de cómo los gestos sutiles y las situaciones aparentemente banales tejen y destejen el misterio. Los espacios en los que la visión se precipita obscena y la marca es el auténtico testigo del encuentro efímero; puro parpadeo de la estética místico-simbolista; donde el poema-cosa habla sin ventriloquia alguna, como se explica la propia voluntad del no-retorno. Todo el espacio de ausencia sobre el que trabaja Elba Martínez tiene una misión única: diluír la fragilidad entre el yo y el tú. Deleuze lo dijo muchas veces: “La “y” es la diversidad, la multiplicidad, la destrucción de identidades”. Èlie Faure lo explicó hablando de Velázquez: “Al final de su carrera, el artista pinta las cosas que hay entre las cosas”. Elba Martínez sabe lo propio del hechizado: el lugar ejerce el más delicado control sobre el carácter; la ubicación pertenece al sentimiento. Vuelvo al principio: las marcas irreversibles implican un compromiso serio, una voluntad de no-retorno.

Diego Medrano, 2012

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